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RELATOS JOVENES

EL CORAJE DE MAURA

Maura dio un sobresalto en el sofá donde estaba sentada cuando sonó el teléfono de la habitación en la que se hallaba hospedada. Levantó la bocina, con cierto temor, y una voz amable que le hablaba desde un vehículo en marcha informándole que llegaría en unos minutos, le dio cierto respiro. Su mirada vagó por la habitación y se detuvo en el espejo que tenía enfrente, preguntándose si la figura que se reflejaba en el cristal fuera ella misma, pues en ese momento no se identificaba con la imagen que veía. Colgó la bocina y se recargó en el respaldo del sofá, dejándose llevar por el hilo de sus recuerdos:

Se remontó a la etapa en la que comenzó a dejar la infancia y se situó en el año que concluía su educación primaría, justo cuando su desarrollo físico destacaba entre las muchachas de la escuela a la que acudía, por lo que empezó a ser asediada por algunos de sus compañeros de clase, así como de las miradas libidinosas que le dirigían uno que otro maestro rabo verde. A medida que iba dándose el cambio físico en su persona se desató un hostigamiento de parte de su familia, haciéndole hincapié en actitudes que ella no podía evitar supuesto que eran parte de los atributos con que la naturaleza la había dotado; reprobaban su modo de sonreír, de mirar y hasta la cadencia que imprimía al caminar, pues todo en ella, a decir de los suyos, tenía el deliberado propósito de provocar a los hombres. Al cumplir los dieciocho años, luego de concluir una carrera corta que le permitió emplearse a la brevedad, ya era una espléndida y hermosa mujer.

Cuando tocaron la puerta Maura titubeó preguntándose si debía abrir o si era preferible despachar al visitante sin verle el rostro siquiera. Al cabo de insistentes llanadas entreabrió la puerta cautelosamente y la presencia de un joven de figura agradable, cuya edad estimó en los veintitantos años, fue suficiente para que desechara el temor que experimentaba, por lo que, luego de verlo nuevamente para confirmar su examen inicial, permitió que el recién llegado se adentrara en la habitación. Una vez en el interior éste dijo llamarse Paúl, sonrió amablemente y le extendió la mano con toda cortesía. Hechas las salutaciones habituales el visitante se desprendió de la abultada mochila que llevaba al hombro y la colocó encima del mueble que tuvo más cercano y agregó: En la actividad que desarrollo tenemos por norma solicitar por adelantado el pago de nuestros servicios, así que no lo tomes a mal si hago hincapié en ello. Maura fue a su bolso, puso unos billetes dentro de un sobre y se lo extendió a Paúl; éste lo recibió y lo guardó en una bolsa interior de su mochila.

Una vez liberado de su incómodo bulto Paúl habló con naturalidad, despojándose del saco: Sugiero que nos pongamos cómodos. Maura volvió a dudar, preguntándose esta vez si estaría suficientemente preparada para seguir adelante con aquella locura o, si ésta le dejaría una secuela que no podría superar. La sonrisa seductora de Paúl se impuso sobre la duda que la hacía vacilar y desechó el temor que la invadía, por lo que expresó, tratando de aparentar seguridad: ¿Por qué no tomamos unos tragos y convivimos un poco para familiarizarnos?, invitó, señalando una charola de bebidas.

Durante una feria ganadera que hubo en su ciudad natal, donde siempre había vivido, conoció a José María, quién exponía para su venta una variedad de ejemplares porcinos que provenían de la granja de la que él era propietario. Al cabo de un año de noviazgo, que se dio preferentemente a través de llamadas telefónicas y de alguna que otra carta, se casó en la iglesia del pueblo, en medio de una fastuosa ceremonia así como de una fiesta rumbosa. El viaje de bodas consistió en un fatigoso recorrido de mil doscientos kilómetros hasta un sitio enclavado en el Estado de Guanajuato, lugar donde estaba ubicada la granja, y lo hicieron a bordo del camión que José María utilizaba regularmente para transportar mercancía, y significó todo un acontecimiento ya que los acompañó Doña Altagracia, abuela de su esposo y único familiar que él tenía, misma que ocupó el sitio contiguo a su marido argumentando que se mareaba si viajaba pegada a la ventanilla.

Al cabo de un fatigoso recorrido de seiscientos kilómetros arribaron al lugar donde pasarían su primera noche juntos. Doña Altagracia ocupó una habitación contigua a la de ellos; situación que la tranquilizó en gran medida pues al descubrir el dominio que la anciana ejercía sobre su marido, temió que compartirían con ella la misma habitación hasta en su noche de bodas. Hecha un manojo de nervios se encerró en el cuarto de baño para arreglarse convenientemente y disfrutar su luna de miel. Después de un reparador baño de burbujas, mientras se acicalaba cuidadosamente para estar más hermosa que nunca, se excitaba imaginando los momentos de intimidad que pronto conocería al lado de su hombre. Cuando estimó que no olvidaba ningún detalle de seducción, salió envuelta en un provocador ajuar de lencería, que adquiriera ex profeso, y despidiendo una agradable estela de perfume. José María estaba repantigado frente al televisor, viendo una pelea de box, mientras apuraba a sorbos una lata de cerveza que tenía en las manos. Al motar su presencia despegó la vista del aparato y volteó a verla, recorriéndola de pies a cabeza con marcado interés, y a medida que la veía una mueca de disgusto se fue perfilando y terminó de desfigurar su rostro. Se levantó del sofá donde estaba sentado, para dar más énfasis a sus palabras, y le soltó una andanada de improperios, señalándole enérgicamente que se había casado para tener una esposa respetable y no a una suripanta. ¡Te quitas esos trapos indecorosos!, le ordenó tajantemente mientras salía de la habitación hecho una furia.

Ante la terrible escena suscitada, Maura buscó una explicación para tal comportamiento y no halló un solo motivo que fuera suficientemente justificable para esa explosión y, justo en ese instante cuando debería sentirse la mujer más feliz, se sentía terriblemente ridícula. Estaba en estas cavilaciones cuando regresó José María, con el mismo talante con el que se había marchado, ¡Toma, para que te cubras esas indecencias!, le aventó el paquete que llevaba en las manos. Así que en un hotel de una ciudad perdida a orillas del Pacífico, durante una calurosa noche del mes de julio, y cubierta con una horrible bata de manta que tenía una extraña abertura a la altura de la entrepierna, se consumó su matrimonio. No hubo una caricia ni el menor asomo de delicadeza, prácticamente se trató de una violación. Ni en su peor momento se imaginó que tendría una noche de bodas como aquella; no lloró ni se lamentó, con repugnancia pensó que ante los hechos hubiera sido una pérdida más de tiempo.

Los tragos ingeridos habían hecho su parte, por lo que Maura y Paúl departían ya un ambiente apropiado a sus fines. Paúl, habilidoso en su trato con mujeres y conocedor del servicio que ofrecía, desplegaba sus dotes de seducción y envolvía a Maura con actitudes halagadoras y, en su oportunidad, le prodigaba una que otra caricia tratando de vencer la resistencia que ella ofrecía. Cuando Maura estimó sentirse suficientemente desinhibida fue al cuarto de baño, se despojó de la ropa que portaba y vistió la seductora prenda de lencería que intentó lucir en su noche de bodas, la cual transparentaba su espigada anatomía. Al cabo de unos minutos regresó, radiante, luciendo su hermosura en todo su esplendor. ¿Deseas conservar en video esta experiencia? La mayoría de los clientes lo piden, probablemente vuelven a disfrutar estos momentos tiempo después, preguntó Paúl, asombrado ante la belleza de Maura, y agregó: No hay ningún costo adicional, todo es cuestión que lo decidas y, sobre todo, lo que se graba se entrega al finalizar la grabación, por lo que te garantizo que nadie más verá lo que está en ese video. Maura se sorprendió con la propuesta, pues no había imaginado tal eventualidad; ella simplemente deseaba disfrutar un encuentro sexual, que hasta entonces no había tendido, sin embargo la idea le agradó en cierta forma por lo que terminó aceptando.

Una vez conforme, Paúl extrajo diversos aparatos de la mochila que trajo consigo y los distribuyó convenientemente alrededor de la cama para cubrir los ángulos adecuados, encendió las luces de iluminación que acabara de instalar, cuya luz incidía en el lecho, y puso a funcionar la cámara de video que registraría los pormenores de aquel encuentro.

La dolorosa experiencia de su noche de bodas se prolongó a lo largo de su matrimonio; nunca hubo una palabra de amor, jamás un detalle afectivo; durante sus encuentros de intimidad ella no debía exteriorizar ninguna emoción; cuando él la penetraba permanecía estática en la cama, cubierta con ese aborrecible camisón de la abertura en la entrepierna, mientras su pareja gemía apuradamente encima de ella. Y tan pronto terminaba, limpiaba la humedad de su miembro en su bata, le daba la espalda y se ponía a roncar a pierna suelta, haciéndola que sintiera repugnancia de aquellos momentos de intimidad. Esa relación carente de amor parecía alegrar a Doña Altagracia y, para ahondar más la crítica situación, seguido hacía comentario mordaz tocante a la infertilidad de la unión.

Una mañana, cuando aseaba la habitación que José María utilizaba como despacho, descubrió una veintena de videos pornográficos dentro de un mueble que siempre estaba bajo llave pero que en esta ocasión, por algún descuido de él, no tenía puesto el seguro. Ahora entendía porqué él se encerraba durante horas en ese privado, atendiendo asuntos de la granja, según afirmaba. Sin embargo no comprendía como su marido podía ver y hasta disfrutar un espectáculo tan depravado, como deducía al observar las candentes fotografías de personas en pleno desenfreno sexual que aparecían en las cajas que protegían cada video, si presumía de una moralidad intachable y nadie hubiera imaginado que tuviera ese tipo de preferencias. Había películas de parejas, hombre y mujer; de lesbianas; de orgías; de mujeres con animales; de homosexuales; de dos mujeres y un hombre y otra de dos hombres y una mujer; y así hasta completar la totalidad del material pornográfico que por casualidad había descubierto.

Hastiada de aquella relación estéril en todos sentidos así como de la pestilencia que despedían las zahúrdas donde se hacinaban los cerdos, olor al que nunca se acostumbró, un día que José María se había ausentado, empacó algo de ropa así como utensilios de uso personal en una maleta y se marchó a escondidas de Doña Altagracia, llevándose una suma considerable de dólares que éste guardaba en la caja fuerte para la compra de un semental con el que pensaba mejorar la cría, así como aprovecharlo para la venta de semen entre los distintos granjeros de la región que se dedicaban al mismo negocio. No sintió ningún remordimiento con la acción que tomó ni por disponer de ese dinero; juzgó que era una especie de indemnización que le correspondía por haber soportado aquel infierno durante cinco años. Libre de aquella atadura sintió que renacía y la envolvió un deseo de partir muy lejos y correr mil aventuras. En esta circunstancia llegó a la ciudad de San Francisco California, lugar en el que planeaba descansar hasta ordenar sus ideas así como para practicar el inglés que había aprendido en sus ratos libres.

Cuando acomodaba su ropa en la cómoda de la habitación del hotel donde se había hospedado, encontró en un cajón una revista erótica y comenzó hojearla por curiosidad, llamándole la atención la extensa relación de prestadores de servicios sexuales que se anunciaban en sus páginas. Con detenimiento observó algunos anuncios donde aparecían parejas realizando todo tipo de desenfrenos y se preguntó si sería real el placer que reflejaban esos rostros o si sólo se trataba de gestos estudiados. Comparó las candentes escenas que observaba con la vida marital que vivió al lado de José María y con tristeza concluyó que no había ninguna semejanza entre una y otra, ya que ella nunca experimentó el mínimo goce con su pareja y éstas, en cambio, reflejaban una felicidad desbordante. Molesta consigo misma por haber soportado tanto tiempo esa oprobiosa situación sin exhalar una queja, deseo tener el coraje suficiente como para encontrar la manera de borrar de su mente su amarga experiencia matrimonial. Durante unos días anduvo inquieta con esta idea, dándole vueltas en la cabeza, sopesando pro y contra, y concluyó que esa etapa de su vida sólo podría olvidarla cuando le sucediera algo todavía peor y la revista que tenía en las manos le dio la pauta para concebir un plan, que en un principio le pareció una idea descabellada, la cual poco a poco fue tomando forma.

Maura le extendió los brazos a Paúl y ambos se estrecharon en un beso que se prolongó indefinidamente. Las manos de Paúl se deslizaron por la espalda de Maura y sujetaron con firmeza su soberbio trasero, haciendo presión para acercarle la erección a su entrepierna. Al cabo de un prolongado escarceo Paúl se posesionó de cada seno, acariciándolos suavemente hasta lograr poner erectos los pezones. Enseguida dejó que su boca continuara el estímulo que sus manos habían empezado, mordisqueando cada punta endurecida. Deslizó la prenda que la cubría a lo largo del cuerpo y tomándola en sus brazos la llevó a la cama, procediendo a su vez a despojarse de su vestimenta. En igualdad de circunstancias Maura separó sus piernas, aprestándose a participar decididamente en aquella experiencia, para ella desconocida. Paúl acercó el rostro a la entrepierna de Maura y frotó el suave pelambre que cubría su raja. Su lengua se introdujo entre los labios inflamados, hasta llegar al clítoris, revoloteando encima de éste, haciéndolo ponerse erecto. Maura experimentaba una serie de sacudimientos en la medida que Paúl desplegaba sus dotes amatorias y gemía, convulsionándose en manos de su amante ocasional. ¡Quiero mamarte el miembro!, solicitó Maura, apuradamente, dándose un respiro, cuando había alcanzado el enésimo orgasmo en la prontitud del encuentro. Al cliente lo que pida, pensó Paúl, y permitió que su herramienta se hundiera en la boca de Maura, que lo engulló gustosa. No tenía ninguna experiencia en estas lidias pero lo compensó con el empeño que ponía al hacerlo. Mamó con avidez, tratando de llevar a su contraparte al mismo estado de frenesí en el que ella se encontraba. La cámara registraba pormenorizadamente la acción que la pareja desplegaba encima del lecho. Paúl, avezado en este tipo de circunstancias, hasta donde podía, trataba de llevar la pauta de la acción y se esforzaba para que el registro de la grabación ofreciera una adecuada perspectiva ante la cámara.

¡Métemelo ya!, suplicó Maura, dejándose caer en el lecho y abriendo nuevamente sus piernas a todo el compás, ofreciéndose toda. Abrió la boca para exhalar un breve gemido, en la medida que sintió como la dureza iba penetrándola. Paúl sudaba copiosamente mientras el rostro de Maura era el reflejo fiel de la lujuria. ¿Acabo dentro o fuera de ti?, preguntó Paúl, cuando arremetía espléndidamente en los linderos del clímax. ¡Vente dentro de mí! Quiero ser inundada de semen sin sentir asco por primera vez, respondió Maura moviendo su pelvis apuradamente para satisfacer su instinto desatado. En medio de gritos y gemidos apuraron sus embestidas y terminaron juntos, fundiéndose uno en el otro.

No imaginé que pudiera gozase tanto, exclamó Maura con la respiración agitada y el rostro perlado de sudor y agregó: ¿Lo disfrutaste tanto como yo? Claro, no podría ser insensible dedicándome a esto, señaló Paúl y añadió: quise controlarme para no eyacular, pero me excitaste de tal forma que fue imposible detenerme. Por la naturaleza de mi trabajo, en ocasiones trato de dosificarme para cumplir con los compromisos adquiridos de antemano. Hoy, por ejemplo, después de estar contigo apenas tendré tiempo para estar en una despedida de soltera, y no te imaginas como se alocan un grupo de mujeres cuando hacen una reunión de este tipo bajo la influencia de unos tragos. Gritan, arañan y hacen diablura y media tratando que uno las complazca. Y para el día de mañana, debo ir a un yate anclado en la bahía para encontrarme con una pareja, cuyo marido desea realizar la fantasía de ver a su esposa cogiendo con otro. ¿Qué haces para prodigarte en tal forma?, preguntó Maura, asombrada, al escuchar la confesión que le hizo Paúl. Trato de hacer bien mi trabajo, respondió éste recogiendo el equipo que había utilizado.

Tiempo después Maura llegó hasta una empresa de mensajería y depositó un paquete que contenía el video que se había tomado semanas atrás. Hecho el depósito, mientras se retiraba del lugar, gozaba al imaginar el rostro que pondría el destinatario conforme viera el contenido del material que recibiría. Sobre todo celebraba la parte en la que ella aparecía radiante y expresaba llena de sensualidad: José María, estoy segura que gozarás este video tanto como lo disfruté yo al filmarlo; sin duda alguna tiene los méritos suficientes para que forme parte de tu colección…